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El día en que el tiempo ya no existió

Se vistió de vuelos y colores sagrados, camino decidida y el mundo era ligero y amable. Nunca pensó que en unos días avanzaba más que en 40 años. El sol abrasaba y la abrazaba. 

Antes de salir pintaba sus ojos de fiesta y luz, las tinieblas sombrías se despedían de sus ojos y volvían donde pertenecían. 

El reloj no entendía como a veces era certero y ahora la mujer de las alas lo atravesaba hasta el último engranaje. 

Tú no gobiernas las metamorfosis, le gritaba la mujer al desorientado reloj. Yo ahora camino por encima del tiempo y viajo a la velocidad que sea precisa. 

El reloj la vio avanzar y retroceder por encima de la línea lógica... Antes, después, mañana, ahora, nunca, se disolvian el andar firme y avasallador de la mujer alada. 

En su regreso del viaje de todos los tiempos, la esperaba su gato. Su gato había muerto el mismo día en que ella resucitó, ella con manos y alas le dio gatuna sepultura y caminó entendiendo que esos eran los plazos para vivir, para morir y... Y de pronto vuelve el gato a la vida y se sentó a su lado para acompañarla en el último trabajo de la U. 

Lola y Denise murieron, fueron enterradas y poco lloradas, pero resucitaron ante la mirada atónita de interesados y desinteresados. 

Lola se sentó en la silla de al lado más viva que nunca y Denise escribía y escuchaba música en la segunda o acaso infinitas vidas y muertes que pasaron juntas. 

No importa cuántas veces uno muera y se enterre., lo importante es resucitar... Y ambas, Lola y Denise resucitaron. 

El tiempo es una excusa para siempre morir y nunca resucitar. Si no hay tiempo nunca es tarde. 

El reloj dejó su trabajo de poner obstáculos a los viajeros sin miedo y se sumó al viaje de ir en todas las direcciones y se arriesgó a morir una y otra y otra vez, para volver a vivir. 

Quiero vivir. 

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