Un día el gusano se sintió tan extraño, dejó de arrastrarse, se hizo bolita y lloró pensando que su existencia acababa. Lloró penas antiguas y del día. Cerró los ojos y rezo sus oraciones, porque aunque era un gusano siempre pensó que en algún lugar del jardín había un espacio que era superior, celeste, aéreo. Miró al cielo y su existencia gusana se extinguió.
Hubo una gran consternación en el jardín, muchos insectos lamentaron no haber visto la noblezamorfa de ese gusano, recordaron sus chistes, sus palabras siempre justas y su andar lento pero perseverante.
Por una semana llegaron insectos de jardines cercanos y remotos, y le hablaron uno a uno al oído. Le recordaban sus momentos, le pedían disculpas por no haber estado en esos momentos en que se ponía en un rincón del jardín mirando al cielo con un grisesperanza en los ojos.
Su cuerpo en esa semana no estuvo frío, tal vez por todos los insectos que lo rodeaban de compañía y palabras. No se si se puede hablar de velorios en insectos, pero era un encuentro maravilloso de pequeños llenos del valor que los humanos ya habían perdido.
A los 7 días el cuerpo empezó a moverse, los leales y sorprendidos insectos guardaron silencio y en un acto reflejo se tomaron las manos. El gusano dejó su funda y era ahora arcoirica, ligera, alada, celeste, aérea, trascendente, hermosa y liberada.
En un aleteo agradeció la semana de compañía al cadáver que fue y al nacimiento de lo que siempre intuyó que era.
Voló arcoirica, voló ligera, voló celeste, voló aérea, voló trascendente, coló hermosa, voló liberada.
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